Después de varios años duros en el Turismo Carretera, Facundo Della Motta volvió a sonreír arriba de un auto de carrera. No fue casualidad ni un golpe de suerte: fue trabajo, método y perseverancia.
En los últimos días volvió a cerrar un campeonato con el número uno, algo que para él representa mucho más que un título. “Costó mucho. Fue difícil, pasaron muchas cosas durante el año, pero no bajamos los brazos. Cerrarlo otra vez con el uno es mérito del trabajo y del método”, resumió en su visita a Ojo Deportivo.
El campeonato llegó en un momento especial. Facu lo reconoce sin vueltas: los últimos años en el TC fueron tan exigentes que llegó a pensar que no se iba a subir nunca más a un auto. El desgaste deportivo, emocional y económico lo alejaron de aquello que siempre había amado.
El quiebre y la vuelta: Benedetti, el empujón justo
La reconexión con el automovilismo llegó de la mano de un viejo conocido: Fabricio Benedetti. El piloto sanjuanino fue clave para que Facu volviera a sentarse en una butaca.
“Fabri me prestó el auto. Volví a correr con algunos problemitas, pero de a poco me empecé a sentir mejor. Este año volví a disfrutar y a entender por qué me gusta el auto de carrera”, contó.
La charla fue simple y directa, como suele ser entre corredores: “No estás tan viejo como lo sentís, seguí corriendo porque después todo empeora”, le dijo Benedetti. Facu se animó, se sintió capaz y los resultados terminaron apareciendo.
El automovilismo, un deporte cruel y resultadista
El título volvió a poner a Della Motta en el radar. Apenas se bajó del auto, empezaron los llamados, las charlas y las propuestas: desde categorías zonales hasta alternativas nacionales e incluso una puerta abierta en Europa.
“El deporte es muy resultadista. Ganás y de golpe aparecen seis o siete llamados. Hay que hablar con la almohada, con la familia y decidir qué hacer el año que viene”, explicó.
Las opciones existen: Turismo Carretera, TC Pick Up, Turismo Nacional, Turismo Pista o alguna experiencia europea. Pero hoy Facu prioriza algo que antes no estaba tan presente: el equilibrio familiar. “Tengo dos criaturas en casa y eso me cambió la forma de pensar. Analizo mucho más las decisiones”, confesó.
Momentos duros, bronca y cabeza fría
El campeonato no fue lineal. Hubo fechas que parecían ideales y terminaron en frustración absoluta. Una de ellas, en el Autódromo el Zonda, quedó marcada.
“Dominé entrenamientos, clasifiqué bien, en la primera carrera terminé tercero y en la final se me rompe la palanca de cambios. Te dan ganas de romper todo, bajarte e irte a tu casa”, relató.
Sin embargo, el objetivo era claro: llegar con chances matemáticas a la última fecha. Facu se quedó girando en tercera, ante todo el público, tragando bronca y sosteniendo la cabeza fría. “Tenés que hacerte fuerte y no olvidarte por qué lo estás haciendo. El objetivo es más grande que la bronca del momento”.
Presupuesto, talento y una verdad incómoda
Uno de los momentos más fuertes de la entrevista llegó cuando habló del automovilismo formativo y de los chicos que sueñan con llegar. “El desafío no lo tiene el chico, lo tiene el padre”, lanzó sin rodeos.
Para Della Motta, el talento existe, pero sin recursos es casi imposible mostrarse. “En Argentina debe haber 20 o 30 pilotos con el talento de Colapinto. El problema es quién tiene los medios para llegar al momento justo”.
A diferencia de otros deportes, en el automovilismo no hay margen para disimular: si el auto no anda, no hay magia.
El uno, el 44 y las cábalas
Facu corrió históricamente con el 44, un número que lo acompañó durante gran parte de su carrera, pero que hoy empieza a quedar atrás. “Me parece que ya no le queda más suerte”, dijo entre risas, dejando abierta la puerta a un cambio.
Lo que sí mantuvo fueron las cábalas: pulsera roja, ojo turco, el mismo calzoncillo y hasta un palo santo en el auto. No sabe cuál funcionó, pero algo ayudó: el motor del rival se rompió a tres vueltas del final y el campeonato fue suyo.
Pedro, la familia y otra forma de mirar el éxito
El título tuvo un condimento especial: Facu viajó a la definición con Pedro, su hijo menor de cinco años. “Él empezaba a hacer cuentas: ‘¿Qué pasa si salís séptimo? ¿Qué pasa si el otro sale quinto?’”, recordó.
Facu lo tranquilizaba con una convicción que terminó cumpliéndose: “Vos pensá que yo voy a ganar y al otro algo le tiene que pasar”.
Hoy Pedro es el más fierrero de la casa, aunque Facu intenta llevarlo por otro camino: rugby antes que karting. No por falta de amor al automovilismo, sino por conocer de cerca lo duro que puede ser.
Anécdotas, amigos y el lado B del automovilismo
Entre barro, controles policiales, naranjas en el baúl, pan dulces en épocas malas y un Falcon angostado que casi manda a Benedetti de nuevo al hospital, la charla estuvo cargada de anécdotas.
Facu lo resumió con una frase que explica mucho más que un campeonato: “Si no hubiera sido por el automovilismo, no hubiera vivido nada de esto. Los viajes, los amigos, las historias… eso es lo más importante que me dejó”.
Lo que viene
El futuro todavía no está definido. Las ganas están, el uno también. Ahora toca ordenar prioridades y decidir. “Si lo hago, quiero hacerlo de la manera que me gusta y sentirme cómodo. Las ganas están”.
Facundo Della Motta volvió a disfrutar. Y cuando eso pasa, el automovilismo, tarde o temprano, vuelve a encontrarlo en la pista.

